Sofonisba Anguissola y la novela de Carmen Boullosa

Leo un artículo en El País sobre la pintora Sofonisba Anguissola. Es muy interesante el movimiento reciente de recuperar las historias de mujeres en el arte, pero a veces echo de menos las referencias literarias.
Conozco a Sofonisba de una novela peculiar, casi hipnótica escrita por la mexicana Carmen Boullosa, La virgen y el violín, 2008. Es la historia de las niñas Anguissola, todas especiales y altamente educadas (sobre todo para los estandares de la época) y de Renzo Klotz, herredero de una familia de artesanos de violines. Todos son de Cremona. El retrato de la ciudad italiana de hace 500 años es, a lo mejor, el mayor logro de la novela de Carmen Boullosa:

“El populacho corre la voz, “¡córranle, están pelando en la calle un cuadro de las niñas pintoras!”, y córrenle y córrenle, salen a la calle los artesanos, los criados, las cocineras, hasta el monaguillo y el campanero de la iglesia, los mercaderes, el carnicero con el cuchillo en la mano, todos a ver la pintura que ha pintado la mayor de las niñas de Amílcar, las figuras de aspecto tan real que parece cosa de encantamiento. Cremona admira de lleno a las Anguissola, una chusma menos miserable y más homogénea que la romana. Y la primera de la fila es la latinista, la sabia Partenia Gallerati.”

Los cuadros de la hija mayor de Amílcar, noble italiano suficientemente excentrico como para educar y creer en sus hijas en pleno siglo XVI, fueron atribuidos a varios pintores: Tiziano, Coello, Zurbarán, Pacheco. Eso no significa que no fue reconocida como pintora en su época, el gran Miguel Angél fue uno de sus admiradores, fue pintora en la corte de Felipe II (cuyo retrato hizo, aunque luego fue atribuido a Alonso Sánchez Coello). El flamenco Van Dyck fue a conocerla en 1642, en Palermo, cuando Sofonisba tenía 96 años y estaba ciega, pero “la mano le seguía firme, sin ningún temblor”, disfrutaba todavía hablando de pintura y le aconsejó a Van Dyck que “no tomara la luz de demasiado alto porque las sombras remarcarían las arrugas de la vejez”. He puesto aquí el dibujo que hizo Van Dyck mientras la escuchaba y el retrato que pintó luego a partir de éste.

Volviendo a la novela de Carmen Boullosa, la cual recomiendo a todos los que quieran aprovechar estos últimos días de verano: la leí hace seis o siete años en Madrid y todavía me acuerdo no solo detalles de la época que Boullosa supo dibujar con maestría, a partir de algo que supongo que fue una extraordinaria documentación, pero me persigue también el sonido de la novela. La autora eligió una curiosa perspectiva, la de un narrador omnisciente y misterioso, que suena a veces naíf-vintage, a veces extremadamente sofisticado, muy alejado de los malabarismos posmodernos que suelen tentar a los novelistas históricos no comerciales. Carmen Boullosa se atreve a escribir sin la neurosis del narrador contemporáneo y tiene la valentía de no exhibirse a si misma. Sus personajes actuan con toda la complexidad psicológica de la mejor literatura, en un escenario minuciosamente histórico, pero su novela no es por eso previsible, ni del todo popular, asequible. Diría que es una novela extraña con naturalidad, sin que la autora hubiera hecho esfuerzos visibles para complicar la historia, la narración o el punto de vista. La extrañeza sale de la austeridad misma, de la fluidez con la cual el narrador (contemporáneo nuestro y expresándose en la primera persona plural, a veces con los tics de los venerables narradores de la novela clásica: “Ya iremos a eso depués. Por el momento volvemos a la reación de Miguel Ängel.”) se instala comodamente en un mundo tan remoto y desde allí, sin ningún gesto de grandilocuencia artística, cuenta la vida de una mujer fuera de lo común que vivió en la realidad y revive ahora en la mejor literatura. Pero el cuento en si mismo no es liniar y aquí está otro de los ingenios de Carmen Boullosa. Las pequeñas historias de varios personajes se alborrotan sin producir caos, sino un continuum que emula muy bien el mundo lleno de vida de los artesanos, nobles, clerigos o pueblerinos de la Italia renascentista. Una pequeña historia de una marquesa viuda que no se sabe a quién va a dejar su fortuna se entrelaza con la historia del matrimonio de una noble rescatada del deshonor por un artesano sin títulos y con otra, la del padre de Renzo, noble de pura cepa pero avinagrado por falta de dinero, todo en una avalancha de detalles y divagaciones. La voz del narrador, la de la primera persona plural, se mezcla a veces con unos poemas escritos por una mujer, Magdalena la africana o con la historia escrita en primera persona singular por el hijo del rey de España – unas cuantas páginas de gran belleza que recuerdan el “Bomarzo” de Mujica Láinez. Por encima de todo, la figura de Sofonisba respira paz y tranquilidad, igual que la pintora en vida real. Sofonisba Anguissola supo vivir una larga vida en medio de una sociedad que estaba muy por detrás de su impresionante personalidad y tiene ahora otra vida en una novela inolvidable. Aquí la tenemos en la corte de Felipe II, con su bata de pintora entre las otras damas:

“Entonces, el vestido azul, y sobreimpuesta llevará su bata de pintora. Se la pone cuando pinta; de hecho suele llevarla por los pasillos de palacio, con ella marca una distancia que nadie puede interpretar como altanería, se distingue de las otras veinticuatro damas (siempre prestas a frivolidades y distracciones, expuestas en una vitrina magna para hacerse atractivas a importantes maridos – de hecho quedan ya pocas de las que llegaron al empezar el reinado de Isabel, sólo cuatro en total, y al terminar este período de la vida en la corte sólo quedará una de las que originalmente formaron el cortejo de la reina, además de Sofonisba -), la bata marca su distancia sin causar irritación. No es que sea “más” que las otras, es que tiene un don, no puede evitarlo, se entrega a él sin manchar sus ropas nobles, para esto es la bata.”

Carmen Boullosa, La virgen y el violín, Ediciones Siruela, 2008

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