Belén

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17. Belén

Los españoles ya han empezado a comprar el belén, esas figuras que escenifican, en todos los hogares, el nacimiento de Jesús. Hay figuras doradas de yeso y de madera pintada, belenes típicos catalanes, belenes con trajes de flamenco… Aunque aún falta mucho para la navidad, la gente ya ha empezado a comprar el belén, nos cuenta Pilar. En Sevilla hay incluso una feria de millones de figuras sagradas… En este momento me encantaría subirme a un avión y bajarme en Sevilla, para ver también yo los puestos de belenes y mirar con detalle cada figura, lo mismo hasta me compraba uno, a ver cuál me pegaba más, puede que hasta haya un belén con figuras vestidas con el traje popular rumano, pues ahora hay tantos rumanos por allí…

No hay nada más alejado de nuestra sensibilidad: nada le hubiera parecido más extraño a mis tías y a mi abuelo, cura ortodoxo, que tener en casa unos muñequitos que representan a la Virgen María y al niño Jesús… creo que hubiera sido una especie de blasfemia… Los muñecos eran para jugar, eran cosas sin ningún valor a las que les hacíamos ropita de retales o también podían ser adornos, objetos de dudosa e infundada vanidad, que algunas marujas ponían por casa… Belén: sólo los católicos pueden tener un gusto como éste, sólo ellos pueden poner a Cristo sobre un crucifijo, sólo ellos tienen el atrevimiento de darle relieve, carne y forma, a una imagen sagrada. De hacer hasta un cerdito de yeso que da vueltas entre las piernas de María y de San José, los dos hechos de yeso también… Mientras que nosotros, aquí, en la humeante oscuridad de la ortodoxia, no osamos más que trazar, con devoción y pincel trémulo, tristes y alargados ojos bizantinos y rostros hieráticos, inhumanos y ascéticos. Nosotros no jugamos con cosas tan serias, ¿no?

Bailábamos una especie de corro alrededor del árbol de navidad, mientras la abuela entonaba, con su voz impecable, “Noche de paz” y a mí casi me daban miedo los regalos que aparecían como por arte de magia, tenía la impresión de que, al tocarlos, también tocaría la mano sobrenatural que los había dejado allí y hasta podía suceder que aquella mano invisible me arrastrara a su recóndito mundo… Mi abuelo oficiaba la misa más alegre del año en nochebuena, pero nosotros no íbamos, porque hacía demasiado frío entre las gruesas paredes de la iglesia, pintadas de blanco, ya que los comunistas habían prohibido la pintura exterior. Todas las iglesias tenían que ser blancas. Y, cuando volvía a casa, sus mejillas eran rosadas y nos sentábamos a la mesa. Y luego mi bisabuela, que a los noventa y tantos años llevaba unas trenzas blancas, gruesas, recogidas sobre la cabeza, empezaba a contarnos lo que ya sabíamos de memoria, pero no sé por qué, aún me gustaba escucharla: que la Virgen María había encontrado cobijo en un establo, en casa de alguien de buen corazón, y que allí había dado a luz, abrigada por el aliento de un buey y una mula y que aquel hombre tan bueno le había dado luego algo de comer y encima del establo había aparecido una estrella que había guiado a los Reyes Magos en su viaje. La historia discurría con naturalidad, como si nos estuviera contando algo de una vecina a la que le había pasado algo raro. De fondo se oía el tintineo de los cubiertos y de los platos que fregaba mi tía en la cocina y siempre había un grupo rezagado de jóvenes que nos levantaba de la mesa, mientras tomábamos el café, y que venía a cantarnos villancicos: “Nace una estrella en el cielo, como un gran misterio, anunciando al mundo…”.

Cuánto me hubiera gustado poder jugar con unos Dioses pequeñitos, de yeso pintado.

Luminiţa Marcu

(extraído de La buhardilla de naranjas (Mansarda cu portocale), Polirom, 2006)

Traducción: Rafael Pisot